
LAS LAMPARAS BERGER Y LA MEMORIA DE LAS FAMILIAS GALLEGAS
La lámpara de Doña Violeta —nombre simbólico que utilizo para preservar la intimidad de la familia que la conservó durante generaciones— me hace pensar precisamente en esa historia.
Me gusta imaginarla purificando el aire de una casa de Cervantes, acompañando la vida cotidiana de una familia humilde de Os Ancares.
Los nietos de Doña Violeta me contaron que su padre les hablaba muchas veces de ella.
Les contaba que la guardaba en una artesa después de cada uso.
También les hablaba de cómo la colocaba en la habitación donde descansaba la familia, ayudando a mantener un ambiente más limpio y agradable en aquellos hogares de montaña.
Y recordaba especialmente cómo la utilizaba en la lareira, el verdadero corazón de la casa gallega.
Alrededor del fuego se reunía la familia después de las jornadas de trabajo, se compartían conversaciones y se transmitían historias de generación en generación.
En las largas noches de invierno también acudían vecinos y familiares. La lareira era el centro de la vida social de aquellos hogares de montaña.
Era entonces cuando Doña Violeta solía colocar su lámpara. Mientras el fuego calentaba la estancia, ella purificaba el aire y difundía su agradable perfume por toda la casa.
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